Bueno, pues vamos a trincar este meme que he visto pasar por ahí, a ver que tal sale.
A ver, el mejor y el peor momento del día... Empecemos por el peor.
El peor dentro de lo que cabe, claro, suele estar a esta misma hora del día, entre las 12 y las 2 de la mañana. Como ya expliqué en su día, cuando no hay que madrugar al día siguiente (o si lo hay, de 12 a 1) me planto delante del ordenador en esa franja horaria sin hacer nada concreto. A ver, ahora he hecho: meter la nariz en un artículo curioso sobre Madrid en el NY Times, divagar por Slashdot y enviar el apunte sobre la formación del Partido Pirata, ver unos blogs, acordarme de que tengo que adelantar trabajo, instalar una demo del Age of Empires II en Wine, jugarla un rato y escribir esta chorrada.
Vamos a ver, no es que esto suene mal, porque es estar relajado y tal, tocándote las pelotas; pero aparece una especie de debate raro conmigo mismo: "—¿Hasta cuando me quedo aquí? ¿tengo sueño?—Y una leche que me voy a ir a la cama ahora. —Joder, ¿pues que hago? —¿Ya hemos ido al Menéame?" Y así hasta que dios quiera.
Entonces, la consecuencia de esto es otro evento que también puede ser el peor del día: tener que aguantar despierto al día siguiente en clase. Es jodido: tienes a un tío, en Literatura, destripándote las pajas mentales de Liebniz y de cuatro cantamañanas más, y hay que aguantar por cojones ahí sentado dos horas, sin que se note mucho el meneo de la cabeza hacia a la mesa, ni el progresivo cerramiento de los ojos. No sé, a veces me pregunto si se me notará demasiado... Desde luego, a mí por lo menos, si fuera el profesor, me tocaría la moral ver como alguien que está en la segunda fila delante mío se debate entre los apuntes y la fase REM.
Sin embargo, el mejor momento del día, veamos pues... que no sea la merienda o coger el metro por la mañana. No sé, hoy por ejemplo he merendado unas rodajas de chorizo metidas en el microondas que estaban de cine (45 segundos a toda potencia); y el metro, pues no sé, tampoco lo odio, aunque también es cierto que solo chupo líneas nuevas, como la 8.
Pero hoy la cosa ha dado un pequeño vuelco. Hasta las 4 de la tarde todo iba como previsto: metro, siesta... Pero, justo al salir de clase, cuando me disponía a enfilar las escaleras del metro, noto como los maravillosos efectos de la química y de la física se materializan en mi interior, precisamente a la altura del intestino grueso. La verdad es que no sé si sería el jugo de las dos mandarinas que me he metido de postre lo que ha hecho efecto sobre algo de chicha, pero el caso es que, en plena digestión, la presión ejercida sobre cierta esclusa al final de la espalda habrá subido a 4 o 5 atmósferas. Así sin avisar.
Lo cierto es que después el subir y bajar por las escaleras mecánicas se hace bien jodido. Se nota como una burbuja enorme se va paseando a sus anchas por el final de trayecto del aparato digestivo, desplazando la materia oscura de un sitio a otro. Son como ciclos: en un momento estás que te cagas en tu estampa y en la madre que parió las mandarinas, y cinco segundos después vuelves a ir de puta madre. Lo malo es que los ciclos van in crescendo, así que supongo que cuando ya subía en el ascensor de mi casa cualquier vecino que se hubiera cruzado conmigo se habría acojonado ante mis retorcimientos.
Luego, ya al final, todo este calvario lo compensa una oportuna descarga en el señor Roca y todos tan contentos. Es una sensación de ligereza, de calma... de la hostia, aunque eso sí, hay que tener cuidado con sincronizar bien la maniobra de acople, puesto que un imprevisto como un cinturón que se resiste a ser desabrochado puede ocasionar fugas de diversa índole a destiempo; pero todo es cuestión de práctica...
Definitivamente creo que son dos ejemplos de peor y mejor momento del día.
Y prometo no volver a escribir nada a las 2 de la mañana. Lo juro.


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